Testimonio de una paciente con ataques de pánico

Los ataques de pánico se valoran según el DSM-IV-TR (cuarta edición revisada del Manual estadístico de los trastornos mentales). Una crisis de angustia o ataque de pánico es la aparición repentina de miedo o malestar intenso, que se acompaña de por lo menos cuatro de los siguientes síntomas:

  1. Palpitaciones o taquicardia
  2. Sudoración
  3. Temblores o sacudidas
  4. Sensación de ahogo
  5. Sensación de atragantarse
  6. Opresión o malestar en el pecho
  7. Náuseas o molestias abdominales
  8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo
  9. Sensación de irrealidad o de estar separado del propio cuerpo
  10. Miedo a perder el control o volverse loco.
  11.  Miedo a morir.
  12.  Hormigueos
  13. Escalofríos o sofocaciones

Enfrentarse a una crisis de angustia, no es nada fácil. Cualquier persona que lo haya experimentado podría afirmarlo. Los pensamientos destructivos que acompañan a las personas que sufren estas crisis son devastadoras. Hoy les traigo al blog la experiencia de una paciente cuando sufre sus ataques de pánico y lo que siente en el período intercrisis.

Capítulo 1. “Mi crisis”.

De repente te invade una sensación de pánico: el terror nace en el centro de tu pecho y se extiende por cada centímetro de tu cuerpo en cada latido taquicárdico como si estuviera disuelto en la sangre y tuviera una afinidad del carajo a la hemoglobina.

Ese miedo es un miedo arrollador: te sientes como en el segundo después de dar un frenazo para evitar al subnormal del todoterreno que se cree el dueño de la carretera y casi hace que os matéis los dos; como el instante justo en el que el profesor clava los ojos en ti en clase y ves maldad en sus ojos porque te va a preguntar a qué antibióticos es sensible el Acinetobacter baumanii y tú sacaste la micro por los pelos; es como la noche antes del examen, el momento en el que el piloto del avión dice que “vamos a pasar por una zona de turbulencias” y el segundo en el que te das cuenta de que te has olvidado de ajustar los espejos diez minutos después de empezar tu examen de conducir.

Es esa clase de miedo. Sólo que no estás en la carretera y después de evitar al otro coche no puedes decir palabrotas, seguir conduciendo y ponerte a cantar a grito desafinado el Drive By que suena en la radio. No te puedes relajar después de fallar la pregunta. No hay examen para hacer. No hay señal de cinturón de seguridad encendida ni azafato sonriente.

Es esa clase de miedo. Sólo que no termina. Sigue. Crece. Ni siquiera sabes a qué tienes miedo. Pero tienes miedo. Mucho. Y empiezas a temblar como si tuvieras 40 de fiebre. Una tiritona violenta sin sentir el más mínimo frío. A veces sentirás calor de una forma desagradable, como si estuviera en forma de líquido envolviendo todo tu tórax, desde los hombros hasta la mitad de la espalda y por delante siguiendo el borde inferior del esternón.

Te levantas temblando. Te fallan las rodillas. Te das cuenta de que el corazón te va a mil por hora y que puedes sentirlo latir en cada una de las arterias de tu cuerpo. Tratas de respirar profundamente y tus pulmones deciden que ellos van a seguir el ritmo que les dé la gana y generalmente ese va a ir a juego con el del tirite.

Y es ahí cuando aparte del miedo empiezas a sentirte horriblemente estúpida. ¿De qué tienes miedo? Estás tranquilamente en tu cama durmiendo, o sentada delante del ordenador chateando en el Facebook; estás viendo una película de dibujos animados; leyendo un libro que va de unicornios rosas, mariposas y nubes de algodón de azúcar; estás hablando por teléfono, bajando la escalera, estudiando… ¡¿De qué coño tienes miedo?!

Y es ese momento cuando los pensamientos de tu cabeza empiezan a jugar al ping-pong a tal velocidad que parece que las pelotas están empapadas en anfetas.

— ¡Estás en tu puñetera casa, joder! ¿Qué podría darte miedo aquí: que se te caiga el techo encima?

—No, la verdad es que no. Es un techo muy sólido.

— ¿Que te suspendan tooooooooodos los exámenes de enero?

—A ver, eso no me hace mucha ilusión, pero puedo presentarme de nuevo en Julio y en el peor de los casos repito alguna asignatura el año que viene y ya está. Voy limpia. Puedo permitírmelo.

— ¿Es que has empezado a pensar que tus amigos son más falsos que una moneda de 3 euros?

—No, no es verdad. Tengo amigos de verdad, que se preocupan realmente por mí. Es más, desde que me han empezado a notar rara me mandan un montón de mensajitos y me ponen canciones a tutiplén en el Muro del Facebook.

— ¿Te da miedo no ser capaz de encontrar a alguien que te soporte y morir sola?

—No seas absurda, voz estúpida de mi cabeza…

—Jjijijiji, ha dicho moriiiiiiir.

—Sí, ya sé que ha dicho morir.

—Te vas a morir.

—Nadie se muere de un ataque de ansiedad, idiota.

—Yo no he dicho que te vayas a morir ahora. Sólo que te vas a morir. En algún momento de los próximos 60 años, más o menos, cerrarás los ojos y te morirás. Ya está, pluff. ¿A lo mejor es como quedarse dormido sabes? Cierras los ojos pensando en que a la mañana siguiente quieres levantarte temprano para ir a correr y ese es el último pensamiento que tienes por toda la eternidad. A lo mejor te reencarnas o hay vida después de la muerte. ¿Te imaginas la vida después de la muerte, la eternidad? ¿Leer todos los libros jamás escritos, ver todas las películas (incluso las malas), memorizar todas las canciones, hablar con todas las personas que jamás han existido, contar los granos de arena del desierto… y seguir existiendo? Te vas a morir.

—Pero todos nos morimos tarde o temprano. Está claro que no es un tema que me haga mucha gracia pensar pero no hay nada que yo pueda hacer para evitar morirme o para conocer la respuesta de lo que hay después de la muerte. Tampoco sé qué es lo que me gustaría que hubiese, así que…

—No, pero en serio. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que después de la muerte vas a “vivir” para siempre? Porque eso es una putada. ¿Cómo se tomará Dios que no pises una Iglesia desde los 18? ¡Pero qué digo! ¡Si te conozco como si fueras yo! ¡Llevas intentando recuperar la fe desde el mismo momento en el que la perdiste! Aunque te mueras de ganas, no crees que haya Dios ni ningún otro ser superior ni pamplinas. Tú maldito cerebro incapaz de creer en las cosas que la ciencia no pueda probar te dice que te mueres y punto. Si tienes suerte pasarás a ser parte del abono de un bonito manzano, pero todos tus pensamientos, tus sentimientos, tus ideas, todos los libros que no habrás escrito, los hijos que no habrás tenido y los árboles que no habrás plantado se quedarán en NADA. Todo lo que quieras hacer lo tienes que hacer en los próximos sesenta años, y piensa lo rápido que han pasado los anteriores 23. Antes de que te des cuenta estarás muerta. Pasarás del ser al no ser. Por si no te ha quedado claro: nada, negro, finito. Será como esas ocho horas que pasan en un parpadeo cuando estás dormido pero E-T-E-R-N-A-M-E-N-T-E. ¿Te das cuenta de cuánto dura un eternamente?

Es entonces cuando empiezas a darte cuenta de que el corazón, que te iba deprisa, ha duplicado su velocidad. Trastabillas hacia el baño, apoyas las manos en el borde del mármol y aprietas los puños con fuerza. No sientes como tuyas esas manos que se crispan. Las miras. Son las tuyas sí. El lunar rojo y la cicatriz de cuando te caíste en las canchas del colegio. Las tuyas.

Piensas en mover un dedo y se mueve. Pero es casi como si se lo ordenaras a un personaje de un videojuego con unos gráficos muy buenos. No lo sientes como tuyo.

El rostro pálido que ves en el espejo como a través de una bruma tiene el labio tembloroso y los ojos húmedos. Los ojos. Los ojos parecen muy vivos. Y es entonces, como si de un mazazo se tratara, cuando asumes que estás viva y en consecuencia todo el peso de tu mortalidad… a un nivel de conciencia superior.

—Te vas a morir.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—Te vas a morir. Vas a dejar de existir, a ser nada. Y da igual que descubras la cura contra el cáncer o escribas el gran clásico del siglo XXI. Te vas a morir igual. Tus logros aquí sólo importarán a los que dejas. Pero tú-te-mue-res. TE-MUE-RES.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—Te mueres. Te mueres, te muereessssssss.

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

— ¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!

Ahora el pánico no es como el de un examen, el pánico se ha convertido en el malo de la peli de SAW queriendo jugar contigo; se ha convertido en lo que debe de sentir un paciente de oncología cuando le dan su cuenta atrás; en que se te acabe el aire en una inmersión treinta metros bajo el agua.

Quizás exageras, pero el corazón te va como mínimo a doscientos latidos por minuto, necesitas respirar más rápido de lo que tu diafragma está dispuesto a hacerlo y sientes cosquilleos en las mejillas y en los dedos. Un puño de acero te retuerce el estómago y empiezas a tener náuseas. Hay una mano invisible apoyada con fuerza justo encima de tu esternón. Quieres gritar. De verdad que quieres, con toda tu fuerza, como las voces de tu cabeza, pero no puedes. Gritar fuerte, golpearte la cabeza contra la pared, llamar a alguien.

Llamar a alguien.

Te deslizas arrastrando los pies hacia el cuarto de tus padres. Te extraña que el castañeo de tus dientes o el sonido de tus arcadas no les haya despertado. Y dudas. Ellos tienen derecho a su sueño. No te estás muriendo. No necesitas que te lleven a Urgencias. Sólo estás histérica porque eres subnormal.

—Sabes que los seres vivos se mueren desde que tienes tres años. ¿De qué vas? No ha cambiado nada.

PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO. PÁNICO.

—Mamá, ¿puedes venir?

Y tu madre se levanta tan rápido que le hubiera robado todos los récords a Usain Bolt si se hubiera tratado de una Olimpiada, coge una bolsa de papel y te pide que respires más despacio. Te da un Trankimazin. Te cuenta su día y algunos chistes estúpidos. Se tumba a tu lado en la cama, en tu cama que es demasiado estrecha. Te abraza.

Te abraza y su tacto te llega como si estuviera amortiguado. ¿El tacto se puede amortiguar, como los sonidos? Te molesta. Y te sientes mal porque el abrazo de tu madre no te reconforte. ¿Es que acaso no la quieres?

Intentas concentrarte en los recuerdos felices que debería traerte el calor de su piel, ¿es calor? Al menos no se siente como tal.

Tu madre te aprieta más fuerte. Te acaricia el brazo.

Le contarías todo lo que sientes, pero, ¿y si le contagias tu ansiedad? Nadie jamás debería sentirse ni siquiera cerca de cómo tú te sientes ahora. Nadie. NUNCA.

—Dime qué puedo hacer para ayudarte.

No respondes. Ni siquiera sabes qué es lo que puedes hacer tú para ayudarte a ti misma. Te giras lentamente y la miras a los ojos, esos ojos oscuros que están ligeramente enrojecidos a diez centímetros de ti y a la vez muy lejos, como si estuvieran a cien mil años luz o al otro lado de una gruesa pared de metacrilato.

Tú que habías dejado de temblar, vuelves a hacerlo. La miras a los ojos e imaginas que lucirán igual cuando no haya vida detrás de ellos. Si a ti con suerte te quedan unos sesenta años de vida… ¿cuántos le quedarán a ella?

Entonces te revuelves en la cama. Te incomoda estar en ella con tu madre y te da miedo estar sola, pero tampoco quieres que te toque. Le dices que se vaya a dormir. No, que vuelva. Que se vaya.

Enciendes el ordenador entre temblores todavía y con tres de tus cuatro voces gritando por dentro. Pones un capítulo de Scrubs tras otro con la esperanza de que alguno te haga reír como la primera vez que viste la serie y aunque te va relajando, al menos despistando, temes en silencio el momento en el que la pastilla haga efecto y te duermas.

Porque, ¿y si cerras los ojos y te mueres?

 — ¿Y si desperdicias tu vida por temer a la muerte?

—Si es que nunca le he tenido miedo a la muerte…

—Pues ahora sí. Asúmelo. Supéralo. ¿Tienes 23 años, tres cuartas partes de tu vida por delante y la vas a desperdiciar a base de inflarte a antidepresivos, ansiolíticos y terapia? Bien por ti, campeona.

 Poco a poco los ojos se te van cerrando. A veces te adormilas un poco y vuelves a despertarte al instante con el mismo pánico que al principio. Miras la pantalla donde un par de actores ríen y te preguntas cómo es posible que ellos se sientan felices en algún momento. ¿Por qué no están paralizados de pánico? ¿Por qué ellos no se sienten como si estuvieran encerrados en una caja de acero de 1,75×50 y fueran incapaces de gritar?

—Ahora es cuando gritas y despiertas a toda la casa.

—Tranquila, no te estás volviendo majara. Lo has estudiado. Sabes que todos éstos son síntomas muy naturales de las crisis de pánico. No te creas el ombligo del mundo. Relájate.

—Grita, loca.

 Dudas.

— ¡Qué risa como esto te ocurra mañana en la biblioteca! Nos vamos a reír un rato. Por cierto, ahora en vez de tener un ataque de histeria deberías estar estudiando para tus exámenes, ¿sabes? ¿Cómo de capaz te ves de estudiarte 400 páginas en 4 días teniendo 3 ó 4 ataques de estos al día y sin poder de concentración? Ya te vas a Julio con toda la asinatura, el parcial que habías aprobado también, por subnormal, ¿quieres más? ¿Crees que podrás ser algún día cirujana si no eres capaz de aguantar un poquito de estrés? Me meo con una médico que se eche a temblar cada vez que algo le recuerde la temporalidad de la vida. ¡Espera, espera! Juguemos a algo: 1, 2, 3, responda otra vez: posibles formas de morirse súbitamente mientras duermes estando en la veintena y llevando un estilo de vida saludable. Por ejemplo… ¡ictus hemorrágico!

—Disección de aneurisma de aorta.

—Fallo cardiaco por malformaciones congénitas no detectadas.

—Fallo respiratorio por intoxicación por benzodiacepinas.

—Tromboembolismo pulmonar.

— ¡SILENCIO!

De golpe te das cuenta de que te acabas de convertir en una chica de 23 años que tiene miedo a la oscuridad, al silencio, a la muerte… y sientes mucha vergüenza.

Culpa. Tienes que disculparte con tu madre.

Fastidio. ¿Por qué tiene que pasarme esto a mí? Hasta hace nada eras una persona perfectamente normal que se pasaba los lunes soñando con dormir hasta tarde los sábados y ahora te da miedo tu propio edredón.

Ojalá pudieras volver a ser la tú de hace un mes…

Y al final, con la luz encendida, la serie a medias, concentrada en los ronquidos que vienen del otro lado del pasillo y teniendo más miedo del que recuerdas haber sentido en toda tu vida, te duermes sin sueños, tan súbitamente que parece que te has desmayado.

 

Capítulo 2: Mi intercrisis.

 

Me encantaría que mi periodo entre crisis y crisis se pareciera a la normalidad. Podría vivir con los episodios de pánico si así fuera. Pero no lo es. Cuando no estoy atacada me siento siempre como si al día siguiente fuera a tener un examen: las voces me irritan, tengo el estómago hecho un nudo, no me entra la comida y ni siquiera conservo el apetito. Mis pies están todo el rato golpeando el suelo rítmicamente y, como si de un medidor Geiger se tratara, van más y más rápido a medida que aumenta la ansiedad. A veces, cuando estoy rozando la crisis, son las manos las que se mueven.

De vez en cuando tengo que doblarme sobre las rodillas, como la posición de seguridad de los aviones, y hacer ejercicios de respiración que no sirven para nada.

Probablemente una parte de mis nervios no son más que el temor de volver a encontrarme en una situación de crisis.

 Me paso el día entero con pensamientos de muerte rondándome la cabeza. A veces la lógica consigue desarmarlos y a veces no. Sea como sea, yo sigo nerviosa.

Estoy desconcentrada. Todo me viene como a través de un muro de metacrilato. Los sonidos me llegan ahogados y los sabores pierden su intensidad. Si tuviera que compararlo con algo, diría que me siento como en la bajona de una borrachera, cuando estás zombie, ya no sabes qué palabras están saliendo de tu boca, qué es lo que te han dicho cinco minutos atrás y no eres capaz de centrarte ni  un segundo en el mismo objeto/persona/tarea.

A veces siento que los gráficos del Assassins Creed de mi hermano parecen más reales que mi propia vida.

No soy capaz de retener lo que leo en un párrafo y eso me causa ansiedad. Pero ansiedad de la “buena”, de la que conozco. Miedo a suspender los exámenes y esas cosas. Tampoco tengo ganas de hacer nada en particular: no tengo ganas de leer, o de ver películas, de escribir, de estudiar… pero tampoco de quedarme quieta hecha un ovillo. Creo que lo que mejor se me dan son las tareas mecánicas, que entretengan mi cerebro pero que no le pidan mucha implicación.

Me he dado cuenta de que empiezo a elegir los libros y películas que veo minuciosamente. No quiero arriesgarme a encontrarme algo que pueda desencadenar una crisis. El otro día estaban echando Al otro lado de la vida en televisión y lo que pasó fue de todo menos divertido. Así que básicamente veo películas de dibujos animados, comedias tontas y leo libros de literatura juvenil. ¡Yupi! (#IroníaModoOn).

Respecto a la música, bueno, a veces me la pongo a todo volumen en el iPod para evitar escuchar mis pensamientos pero la mayoría del tiempo un ruido así me irrita demasiado.

Quizás la única actividad que logra hacerme olvidar por completo que me estoy volviendo como una cabra sea el deporte, pero no puedo pasarme la vida encima de una bicicleta estática, ¿no?

También de un tiempo a esta parte salgo menos. Siento una apatía bastante constante y el hecho de que una amiga me proponga ir al cine me da pereza, así que rechazo casi siempre la oferta, aunque sea adicta a las películas y sepa que me voy a reír mucho en su compañía. Sólo estos últimos días he empezado a rechazar invitaciones por el miedo de que me dé un ataque de pánico en público.

¿Cómo será cuando retome las clases? ¿Cómo me enfrentaré a pacientes moribundos en el hospital o a gente que esté ingresada en psiquiatría con cuadros parecidos al mío?

A veces, muchas veces en realidad, me sorprendo imaginándome que los ataques pararán en cuanto acabe la época de exámenes. Una parte muy grande de mí lo desea. La misma parte que fantasea con mandar todo el estrés a tomar por culo, dejar la carrera, olvidarse de ser médico e irse a hacer el cangrejo a una isla desierta sin reloj y sin personas.

Personas…. Mmm… La soledad, el silencio, me agobia. El ruido que genera la gente a mi alrededor también, sobre todo si es mucho. Sin embargo necesito un mínimo de sonido a mi alrededor constantemente. Ahora duermo cada noche con las cortinas de mi habitación abiertas para que entre la luz de la calle y la puerta sin cerrar para que me lleguen las respiraciones de todos aquellos que duermen en mi casa.

Últimamente tampoco me gusta que me toquen. Me hace recordar lo irreal e irrelevante que se siente todo. Y rechazar el contacto se vuelve complicado cuando todo el mundo está preocupado y pendiente de ti. Por ejemplo, mi hermano lleva días sin pelearse conmigo, mis padres no paran de preguntarme cómo estoy, de traerme regalos, de comprarme chocolate, de abrazarme… Me agobian.

Gente a la que quiero ahora no me causa más que indiferencia o irritación. Responder los mensajes del chico que antes me gustaba se ha vuelto fastidioso; hablar con mis amigos fingiendo que el mundo no se me cae encima, casi imposible. Hago esfuerzos casi constantes para parecer normal, para preguntarles por sus días, sus exámenes, sus problemas, pero o me son indiferentes o sólo consiguen apenarme (por el hecho de cargarle con los míos teniendo ellos los suyos). La gente no se da cuenta de lo realmente difícil que se me hace mantener una conversación.

Me siento culpable por lo mal que hago sentir a toda esta gente que me quiere, a mis padres sobre todo, y muy avergonzada por lo estúpida que sueno cuando digo en voz alta lo que pasa por mi cabeza.

Me paso el día diciéndole a todo el mundo que les quiero por el miedo a morirme. También he renunciado a gran parte de mi sentido del humor negro, que sé que a veces molesta a la gente (además, me faltan ganas para bromear) y me dedico a hacer tareas y realizar favores como si de verdad me fuera a morir mañana y quisiera dejar detrás de mí un buen recuerdo. No me molesta ser mejor persona, pero no creo que éste sea el modo. Además, de verdad que me gustaba mi sentido de humor sarcástico tirando bastante al cinismo.

A veces sólo creo que toda esta parafernalia es una estrategia de mi subconsciente para llamar la atención, y me cabreo, me cabreo conmigo misma por no ser la persona fuerte que todos dicen que soy, de vivir la vida o de sobrevivirla, de sonreír…

Me cuesta recordar momentos en los que fui feliz, y eso que tengo las paredes de mi cuarto empapeladas de ellos. Siento esa felicidad como falsa y eso me apena. También no paro de preguntarme cómo es posible que el resto de las personas no sientan tanto miedo como yo, o se sientan tan lejos de todo. Sé que yo una vez me sentí bien, normal, feliz, aunque ahora no sea capaz de recordarlo, así que ni siquiera respondo a esa pregunta, pero también me apena y aumenta la sensación de irrealidad que me da todo.

Hasta mi propio cuerpo no se siente como mío. Me toco y no lo siento. Da igual cuanto me abrigue que no tengo calor. Incluso le pedí a mi madre que me diera una bofetada para ver si se me quitaba así la tontería y no sentí apenas nada.

La parte más racional de mi cerebro no para de decirme que sufro un trastorno psiquiátrico, que estoy deprimida y que tengo crisis de pánico, que todo lo que me ocurre entra dentro de la normalidad y que no hay razones objetivas para sentirme como me siento. Pero aun así en ocasiones no puedo evitar pensar que enloquezco.

Hay otra parte de mi cerebro sin embargo que se pone a elaborar teorías alternativas con etiologías orgánicas: ¿cómo pinta un feocromocitoma? ¿Algo del tiroides? ¿Un tumor de las suprarrenales? ¿Insuficiencia cardiaca? Creo que sería muchísimo más llevadero padecer algo que pudiera abordar de golpe, o al menos de alguna forma que me dé garantías.

Llevo menos de un mes así, tan sólo unos días teniendo varias crisis por jornada, y ya estoy agotada. No me sorprendería acabar curada sólo porque a mi cuerpo se le ha acabado la adrenalina y a mi cerebro la sensación de miedo.

Enfrentarse a la crisis de pánico no es una tarea imposible pero se requiere de mucho esfuerzo. Buscar métodos para evitar constantemente el pánico no hacen si no reforzar el circulo vicioso del que se alimenta. La mejor opción para hacerle frente es buscar la ayuda de un profesional, nosotros en Psico·Salud somos expertos en Trastornos de Ansiedad en Tenerife. Si quieres pedir cita o tienes cualquier pregunta, no dudes en hacérnosla.

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